Literatura de la época de La Violencia. Discusión entre Hernando Téllez y Gabriel García Márquez
- Redacción Filología
- 30 abr 2018
- 8 Min. de lectura
Diana María Barrios González
la [literatura] en sí no es tan irreal y subjetiva
como se piensa, y la historia en sí tampoco es tan fáctica
y objetiva como se desearía; una y otra contienen elementos
imaginados y verdaderos en mayor o menor grado y dimensión
cuando operan en conjunción como genero único y autónomo
al margen de los dos géneros canónicamente establecidos
desde la poética aristotélica
Augusto Escobar, 2003
La violencia de mediados del siglo XX en Colombia si bien constituía ya una
problemática agresiva, lo fue mucho más después de la muerte de Jorge Eliecer Gaitán y
de los hechos conocidos como el Bogotazo. En ese momento, varias revistas culturales
del país participaron en la discusión acerca de la existencia de una literatura nacional
que tenía como baluarte el tema de la violencia y que se conoció y se conoce en la
actualidad como Literatura de La Violencia. Entre los autores que hicieron parte de
estas disertaciones se cuentan Gonzalo Arango, Álvaro Cepeda Samudio, Álvaro Mutis,
los directores de la revista Mito (Hernando Valencia Goelkel y Jorge Gaitán Durán) y
quienes dieron una de las discusiones más interesantes al respecto: Hernando Téllez y
Gabriel García Márquez.
Ejemplo de ello es el texto publicado por García Márquez en la revista La calle
de Bogotá, en el número 103 de 1959, titulado “Dos o tres cosas sobre ‘la novela de la
Violencia’, donde sustenta la idea de que en Colombia no se ha hecho aún la novela
insignia de la literatura de la época de La Violencia y pinta un panorama poco positivo
sobre el asunto. Además, considera que un autor solo puede realizar su creación literaria
a partir de las experiencias vividas. Al respecto dice: “Acaso sea más valioso contar
honestamente lo que uno se cree capaz de contar por haberlo vivido, que contar con la
misma honestidad lo que nuestra posición política nos indica que debe ser contado,
aunque tengamos que inventarlo” (p. 12). García Márquez sostiene que la literatura ha
comenzado a ser vista como un arma poderosa que no debe permanecer neutral en la
contienda política y que, en consecuencia, esto ha llevado a que los escritores lleguen a
considerar el testimonio como obra de arte literaria. Así mismo, hace varias
consideraciones acerca del por qué no se ha escrito una obra de la época de La
Violencia con calidad literaria. Las razones que expone García Márquez son las
siguientes: una se fundamenta en la falta de experiencia de los autores que escribieron
las obras; la otra, en que quienes se creyeron escritores dejaron que su retórica
sucumbiera; y, la última, en que se acomodaron testimonios a fórmulas políticas.
García Márquez pone los ejemplos de Ernest Hemingway y Albert Camus para
mostrar cómo ellos no se alejaron de la realidad, pero tampoco la plasmaron de manera
mecánica, sino que construyeron verdaderas obras de arte sabiendo hasta qué punto el
contexto en el que realizaron su obra les servía como soporte documental sin abusar de
él. Si bien son acertados los apuntes de García Márquez sobre lo que debe ser tanto una
obra literaria, como específicamente una de la literatura de La Violencia, no lo es el que
considere desierto el panorama colombiano con respecto a ella, pues en Hernando
Téllez y otros autores de principios de la década del 50 se pueden encontrar ejemplos de
que era posible ficcionalizar la realidad sin convertirla en testimonio.
Casi un mes después de que García Márquez publicara su texto, Hernando Téllez
le responde con un comentario titulado “Literatura y violencia”, que aparece el 15 de
noviembre de 1959 en Lecturas Dominicales de El Tiempo. Téllez, pese al escritor de
Cien años de soledad, ubica el horizonte de la literatura de La Violencia a futuro y dice
que la historia de la literatura colombiana todavía puede esperar a que aparezca esa gran
obra de la Violencia que aún no ha sido escrita. Sin embargo, cinco años antes, en 1954,
ya Hernando Téllez había puesto sobre el tintero el problema de una literatura de La
Violencia en un texto publicado en el Suplemento Literario de El Tiempo. A pesar de
que se trataba de un momento anterior en la historia de la literatura nacional, Téllez se
aventuró a proponer tres novelas que consideraba hasta ese entonces como una muestra
importante de lo que podía ser la literatura de La Violencia, asunto relevante si se tiene
en cuenta que la tradición literaria colombiana ha estado amenazada por unas precarias
bases de cultura y educación. Dichas novelas son las siguientes: El Gran Burundú-
Burundá ha muerto (1952) de Jorge Zalamea Borda, El cristo de espaldas (1952) de
Eduardo Caballero Calderón y El día del odio (1953) de José Antonio Osorio Lizarazo.
En el mismo texto, Téllez habla sobre la gran crítica que se le hace a la literatura
de La Violencia por su baja calidad literaria, asociándola al hecho de que no se
establece una diferencia entre testimonio y literatura como obra de arte. A diferencia de
García Márquez, Téllez expresa lo siguiente con respecto a la literatura colombiana:
“esa literatura trata de salir de su crisis tradicional, tropezando con todas las
dificultades, los errores y las equivocaciones correspondientes a un periodo de esta
naturaleza” (1979, p. 459). De esta manera el autor entiende que hay un proceso
literario y unas dificultades propias del mismo que no lo hacen acreedor a la
satanización literaria.
En este comentario de Téllez se puede vislumbrar su opinión razonada, la cual lo
convertirá en una de las voces principales de Mito. Así lo reconoce Darío Mesa en la
sección de “Correspondencia” del No. 4 de dicha revista, cuando propone que ningún
otro texto recoge de manera tan fiel el pensamiento intelectual de la época como “En el
reino de lo Absoluto”, publicado por Téllez. Mesa destaca la figura de este autor
bogotano, pues considera que es una mente inconforme que habla con franqueza de
esfuerzos políticos y fracasos sociales.
El compromiso intelectual de las revistas del momento en relación con el
problema de la violencia política se hace evidente en una serie de ensayos y encuestas
propuestas por las respectivas editoriales, en donde se indaga principalmente por el
concepto de violencia, por la función o responsabilidad del intelectual y por la
importancia del arte y la literatura como elementos civilizadores de la sociedad. El
compromiso de los intelectuales no debe entenderse como la obligación de contar la
realidad tal cual ha sido, sino la de llevar a cabo la lucha que implica decir lo que se
piensa de acuerdo a lo que han entendido como verdad; de ahí que la idea de literatura
de la época de La Violencia, como lo plantea Augusto Escobar (1997), no es aquella
que va adherida a la realidad histórica y que la refleja mecánicamente, sino aquella que
“reelabora la violencia friccionándola, reinventándola, generando otras muchas formas
de expresarla” (p. 115).
Dos cuentos de La Violencia: de Hernando Téllez y de Gabriel García Márquez
Hay que volver a la figura de Hernando Téllez como un modelo del intelectual
comprometido con la realidad atroz del país. En sus textos narrativos no se encuentra la
necesidad de contar hechos reales a modo de denuncia, sino la de retomar la violencia
como fenómeno “complejo y diverso”. Ejemplo de ello es el cuento “Espuma y nada
más” (1950), que puede considerarse como un microcosmos donde impera la tensión,
transmitiendo el carácter de la violencia sin necesidad de derramar una sola gota de
sangre en la actuación de sus personajes. Esta obra narra la historia de un barbero
revolucionario que es visitado por el Capitán Torres, quien ha cometido crímenes
imperdonables contra el pueblo, y al que aquel tiene la posibilidad de asesinar. El
personaje entra en un conflicto interno en que están presentes su condición de barbero y
su idea de no querer convertirse en un asesino. Este texto responde a lo que Augusto
Escobar (2000) llama el “Ritmo interno del texto”, donde la anécdota carece de
importancia. El cuento referido tiene un homólogo en el cuento de García Márquez
titulado “Un día de estos”, publicado en 1962 en el libro Los funerales de la Mamá
Grande. Allí la tensión se deja ver matizada con una situación que, incluso, puede
resultar cómica, presentada por un narrador omnisciente que concede la voz a los
personajes: un dentista que no quiere atender al alcalde del pueblo, quien está adolorido
por una muela. Finalmente, el alcalde fuerza la situación hasta que el dentista accede a
sacarle el diente, pero sin anestesia, como una forma de venganza por los muertos que
su gobierno le ha dejado al pueblo. Acá la situación se desarrolla mediante el diálogo y
acciones concretas, mientras que en el relato de Téllez el narrador en primera persona,
el barbero, se concentra más en el pensamiento que en la acción, componiendo un
monólogo sobre temas políticos, personales, psicológicos y, principalmente, éticos.
Podemos decir que ambos escritores no renuncian a la ficción para dedicarse a la
escritura de corte crítico, sino más bien que toman conciencia del problema, el cual no
estriba únicamente en la denuncia ni mucho menos en la indiferencia, actitud que
prevalece en algunos intelectuales de la época.
Aunque los dos cuentos tienen diferencias sustanciales entre sí, también tienen
rasgos importantes en común que los convierten en dos piezas indispensables para
entender el fenómeno literario de La Violencia. Una de esas características es la
construcción de una atmósfera universal, es decir, las obras no hacen énfasis en un lugar
específico, ni en un momento concreto, de tal manera que los sucesos narrados no se
encuentran anclados a un contexto explícito. En ambos textos no hay descripción de
muertes violentas ni se derrama sangre ajena, rasgo de la literatura de la época de La
Violencia que consiste en el manejo estético de la violencia misma y la poca
importancia que reciben los hechos o las acciones de violencia de los personajes. Una
última característica que ambos cuentos comparten es la mención sutil de los partidos
políticos: quizás en el que más queda clara la filiación política de los personajes es en
“Espuma y nada más”, pese a que no es esa la idea que prima ya que su personaje
principal, el barbero, no tiene como prioridad ser un “revolucionario”, si bien ello le
ocasiona un dilema ético y el desarrollo del cuento permite entender que él elije dejar
por fuera de sus intereses la venganza política y social.
Ambos cuentos están inspirados en las disputas partidistas entre liberales y
conservadores. En el caso de la narración de Téllez se evidencia como un acierto la
elección de un narrador protagonista en primera persona, porque ello le permite disertar
acerca de la situación con la propiedad de quien hace una reflexión interna, facilitando
que los lectores tengamos la posibilidad de recibir sus pensamientos de manera directa,
sin pasar por el filtro de un narrador omnisciente o de un testigo que interprete una
situación ajena para contarla. Este narrador en primera persona tiene momentos en los
que revela con mayor fuerza su aflicción y su conflicto interno, concluyendo que no
llevará a cuestas el peso de la muerte de otro ser humano.
La literatura de la época de La Violencia permitió mirar la realidad del país con
otros ojos, sin la pretensión de una literatura anclada en la realidad, donde la creación
estética y los componentes innovadores para la creación de una literatura propia
cobraron un sentido más profundo y más consciente. En este proceso varios autores
jugaron un papel fundamental, pero quizás los más importantes fueron Téllez y García
Márquez, el primero por su innovación y su escritura pionera en este fenómeno y el
segundo por la maestría y perfección en las obras suyas que hacen parte de este
momento literario. Ahora que se han cumplido 70 años del evento que desencadenó e
hizo más evidente la crisis nacional de La Violencia, se hace necesario revisitar la
historia que fue recreada a través del arte y la literatura para comprender su impacto
intelectual y el papel preponderante de estas en los momentos en que el hombre se
figura más monstruo que ser humano.
Bibliografía
1. Escobar Mesa, A. (1997). Ensayos y aproximaciones a la otra literatura colombiana.
Bogotá. Fundación Universidad Central.
2. -----. (2000). Literatura y violencia en la línea de fuego. En: Literatura y cultura:
Narrativa colombiana del siglo XX: Diseminación, cambios, desplazamientos. Bogotá:
Ministerio de Cultura, pp. 321-338.
3. -----. (2003, julio-diciembre). Ficción e historia: reflexión teórica. En: Poligramas, (20),
pp. 27-43.
4. García Márquez, G. (1959). Dos o tres cosas sobre “la novela de la Violencia”. En: La
calle, vol. II (103), pp. 12-13.
5. -----. (1962). Los Funerales de la Mamá Grande. Bogotá: Editorial Norma.
6. Revista Mito (Bogotá: 1955-1962).
7. Téllez, H. (1959, noviembre). Literatura y violencia. En: Lecturas Dominicales, p. 1.
8. -----. (1954, junio 27). Literatura y testimonio. En: Lecturas Dominicales, p. 1.
9. -----. (1979). Textos no recogidos en libro. Bogotá: Colcultura.
10. -----. (1950). Espuma y nada más. En: Cenizas para el viento y otras historias. Bogotá:
Litografía de Colombia, pp. 18-30.
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